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Autoras españolas en la BNE

Una guía bibliográfica hasta 1941
Cabecera de la guía

 

Autoras españolas hasta el siglo XVIII


    Durante gran parte de la historia, las mujeres escritoras han sido vistas por la cultura dominante como una anomalía, casos excepcionales que desde las posiciones más recalcitrantes se tomaban como aberraciones que debían ser silenciadas. Poco estudiadas, cuando no despreciadas, hasta muy recientemente apenas se ha prestado atención a la creatividad femenina. Las circunstancias sociales hicieron casi imposible para las mujeres llevar una carrera en las Letras, por lo que antes del siglo XIX hay pocos nombres de autoras conocidos. Pero, sin pretender reescribir la historia, se hace necesario reivindicar y dar a conocer la obra de unas autoras que durante demasiado tiempo han sido pasadas por alto, para así descubrir una perspectiva múltiple, enriquecedora y en muchas ocasiones fascinante.

    Se debe tener en cuenta que durante la Alta Edad Media el tipo de creación predominante era oral y anónimo, por lo que no es de extrañar que apenas haya autoras conocidas. Es cierto que la lírica popular, manifestada en jarchas, cántigas de amigo o cantares castellanos, a menudo tiene a mujeres como protagonistas, pero es difícil saber si las voces femeninas que cantan estos puros poemas pertenecieron realmente a mujeres o eran impostadas. Mientras que la única escritora cristiana de la época de la que se tiene constancia es la calígrafa gallega Leodegunda (s. X), en la España musulmana sí que abundaron las autoras, como las poetas Hafsa (s. XII).

    En la Baja Edad Media, con el surgimiento del amor cortés, la figura de la mujer experimenta un cambio radical. De demonio a ángel, la visión sigue siendo condescendiente y patriarcal, pero al menos entre la nobleza se abre cierto margen para una nueva consideración hacia las mujeres. Así podemos encontrar a figuras como Violante de Vilaragut (s. XIV), reina consorte de Mallorca a la que se ha atribuido el Cançoneret de Ripoll. Por su parte, en la corte castellana de Catalina encontramos Leonor López de Córdoba, que escribió unas Memorias consideradas como uno de los primeros escritos autobiográficos europeos. Enrique IV tuvo entre sus allegadas a Constanza de Castilla, que escribió un devocionario, pero sería con Isabel la Católica cuando las mujeres de la corte pudieron realmente tener su propio espacio y, dentro de las limitaciones obvias, dedicarse a la creatividad y el estudio. Personalidad relevante de este nuevo estado fue Beatriz Galindo, conocida como la Latina por su dominico de este idioma. Fue en este contexto en el que aparecieron las conocidas como puellae doctae, mujeres cultivadas que pudieron expresarse con una libertad y un conocimiento nunca antes consentidos. Era habitual que estas mujeres instruidas participaran de una poesía colectiva y pública difundida en fiestas y juntas caballerescas como las famosas de Valladolid en 1475. Una de ellas fue Florencia Pinar, autora de seis o siete canciones, que participó con éxito en diversas justas.

    Las autoras de la corte, pues, fueron fundamentales en la historia de la literatura medieval, pero no menos importante fue el papel de las religiosas, el único otro ámbito en el que las mujeres tenían algún resquicio para expresarse individualmente. Entre ambos mundos se movió Isabel de Villena, educada en la corte de Aragón y que ingresó en un convento de clarisas. De su obra se conserva una Vita Christi escrita en valenciano que recoge una vindicación de las mujeres.  Entre las escritoras religiosas también destaca Teresa de Cartagena, de origen judeoconverso, que firmó Arboleda de los enfermos y Admiraçion Operum Dey, considerada como el primer texto feminista escrito en castellano.

    Las primeras décadas del siglo XVI suponen una continuidad de la mentalidad medieval y en España incluso se produce cierto retroceso en la visibilidad de las mujeres con la instauración de los Austrias. Durante esta época, la creciente pero todavía escasa educación femenina se dirigirá hacia la formación doméstica y la crianza, con el objetivo de enseñar a la “perfecta casada” cuáles son sus obligaciones. En todo caso, se puede rastrear la huella de las mujeres escritoras en diferentes ámbitos, que van de lo privado a lo público. Así, podemos leer las cartas de un preciso estilo literario de Estefanía de Requesens, aya de Felipe II; las guías de María de San José; o los poemas locales y familiares de Catalina Clara Ramírez de Guzmán. Las pocas escritoras que se atrevieron a dar el paso a la esfera pública fueran recibidas con suspicacia y rechazo. Tal fue el caso de Oliva Sabuco, autora del libro Nueva Filosofía, en la que hacía gala de extraordinarios conocimientos filosóficos y científicos. Sin embargo, su padre reclamó su autoría y aún hoy defensores de una y otra asignación mantienen una disputa irreconciliable. Menos dudas hay sobre la atribución de Cristalián de España a Beatriz Bernal, único libro de caballería compuesto en castellano por una autora femenina conocida. Se trata además de la primera novelista cuyo nombre nos ha llegado. María de Guevara tuvo que demostrar un gran coraje para cuestionar la política del mismísimo Felipe IV. Feminista con todas las letras, en obras como Desengaños de la corte y mujeres valerosas defendió la capacidad intelectual de las mujeres y su independencia.

    Esta constelación dispersa, nebulosa y lejana de escritoras, con tantas historias ocultas y ocultadas, tantas obras olvidadas y silenciadas, tuvo su primer momento de verdadero apogeo con la aparición de santa Teresa de Jesús, a quien ya nadie pudo ningunear y que desde sus primeros escritos y hasta la actualidad ha sido considerada como una de las más importantes autoras en lengua castellana. La otra gran escritora mística del Siglo de Oro español fue María de Jesús de Ágreda, prolífica autora de obras como Mística Ciudad de Dios, y que además tuvo una prolongada correspondencia con Felipe IV. A la altura estelar de Teresa de Jesús, y ya en pleno siglo XVII, se encuentra otra religiosa, sor Juana Inés de la Cruz, quien ocupa uno de los puestos más destacados en el Parnaso de las letras castellanas. Nacida en México, su obra pertenece claramente a la mejor estirpe del barroco español, estilo en el que se inscribe su amplia y diversa obra. Otra autora de gran vuelo fue María de Zayas, novelista, poeta y dramaturga que pese a ser una de las escritoras españolas más leídas del siglo XVII, posteriormente quedó relegada. También prosistas singulares fueron Mariana de Carvajal y Saavedra, que escribió títulos “comerciales” para ganarse la vida después de enviudar y Leonor Meneses, que se ocultó tras el seudónimo de Laura Mauricia y obtuvo un importante éxito con sus novelas cortesanas. En el terreno teatral destacó Ana Caro de Mallén, con comedias como El conde Partinuplés.

    El siglo XVIII supondrá un cambio radical en los usos y costumbres españoles. Con la instauración de la dinastía borbónica, el país empieza a mirarse en Francia, de donde se importan modas y estilos artísticos. Este giro se ve reflejado en la situación de las mujeres, que adoptan un nuevo papel social, pasando el centro intelectual femenino de los conventos a los salones. Aunque la educación y la cultura siguen estando restringidas, cada vez son más las mujeres que pueden acceder a una formación que va más allá de su rol tradicional como amas de casa.

    Se considera a María Gertrudis Hore como una de las mejores escritoras de su época, en la misma categoría que los más importantes poetas varones del siglo XVIII. Tras una vida ajetreada, ingresó en un convento, desde donde colaboró asiduamente con el Diario de Madrid, en el que pudieron leerse algunos de sus grandes poemas. Otra gran poeta fue Margarita Hickey, quien dedicó versos durísimos a los hombres, lo que seguramente explica que fuera silenciada en la historia de la literatura. En su faceta como traductora, introdujo el teatro de Racine y Voltaire en España, aunque era proclive a acomodar los textos originales a sus gustos personales. Precisamente la traducción fue un campo muy transitado por las mujeres ilustradas, como Inés Joyes y Blake, quien tradujo El príncipe de Abisinia, al que añadió una reivindicativa Apología de las mujeres. La misma técnica de utilizar los prólogos de las traducciones para exponer ideas propias y feministas la utilizó María Romero Masegosa y Cancelada, persona de gran cultura, preocupada por la educación de las mujeres y traductora de Cartas de una peruana. Josefa Amar y Borbón no solo está considerada la mejor traductora de la época, sino también una de las mejores escritoras, autora de un Discurso (1786), convertido en un clásico del feminismo español. Junto a Hickey y Amar y Borbón, se considera a la dramaturga María Rosa Gálvez como la tercera gran escritora española de la Ilustración. Acusadas de obscenas y censuradas, sus comedias son sin embargo un valiente alegato feminista en las que aboga por la sororidad y la libertad que en la actualidad han sido reivindicadas.

    La crítica literaria, incluida la feminista, no hay sido benevolente con el legado de María Isidra Quintina de Guzmán y La Cerda, “la doctora de Alcalá”, que sin embargo fue una precoz autora, instruida en idiomas, retórica y filosofía. Perteneció a la Junta de Damas de Honor y Mérito, una importante institución que reunió a mujeres de la nobleza interesadas en la reforma social. Su primera presidenta fue María Josefa Alfonso-Pimentel y Borja, duquesa de Osuna, personaje ilustrado por antonomasia, afrancesada y promotora de las artes y de las ayudas sociales. Otra directiva, María Lorenza de los Ríos y Loyo, marquesa de Fuerte-Híjar, que se volcó en la asistencia social de ayuda a los desfavorecidos, escribía y traducía siempre con la finalidad de reformar las instituciones del país.

    En el siglo en el que la ciencia cobra impuso en su lucha contra la superstición, tampoco faltan algunas mujeres interesadas por la naturaleza y la física. Tal es el caso de la eminente Luisa Gómez Carabaño, beneficiada de una educación francesa y experta botánica, catedrática del Jardín Botánico de Madrid; o de Teresa González, la “Pensadora del cielo” astrónoma y autora de un almanaque que incluía una apología de las mujeres en la que se mostraba “partidaria en la gloria de las mujeres, las indico claramente por dónde pueden volver a cobrar sus legítimos derechos de hacer un papel de mucha gravedad y honor en el mundo”.

(Enlace al texto completo).

 

Bibliografía


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Créditos: Elaborado por el Servicio de Información Bibliográfica de la Biblioteca Nacional de España.